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8.
Canto de las palabras,
las que me habitan,
las que van decididas del corazón a la garganta,
las que se saludan en las calles, en los trenes,
las que llevan al hombro los trabajadores,
las que saltan en las mochilas de los estudiantes,
las que revolotean sobre el arado, las palabras semilla;
canto de las palabras que son como de Dios,
las que gestan al hombre del mañana
en el vientre de luz de las alondras,
las palabras de amor inevitables;
las que recuestan la soledad
en las ventanas de los hospitales,
las que desandan los días de lluvia en los cementerios;
las que bailan con los labios pintados en los burdeles
y sueñan un mañana de sábanas limpias, tibias
y noches de unicornios;
canto de las palabras que convocan,
las que van a la marcha de los hombres de paz,
de los sencillos, de los perseguidos,
de los que luchan sin descanso, día a día;
de esas palabras canto y de estas otras,
las que me miran desde las fotos viejas,
las que me hablan mudas
desde el recuerdo de los amigos que cayeron;
las que pasan anónimas en tardes de aguacero
bajo la sombra gris de los paraguas;
las que se saltan del alma, silenciosas, invencibles,
por los ojos de los niños de Etiopía;
canto de las palabras redondas
que cuelgan de los árboles,
las que se vuelven manzanas y naranjas,
de las palabras dulces como dátiles;
de las que me acompañan cada noche,
de las que irán conmigo hasta el adiós
cuando caiga el saludo
que aquí a todos dejo…
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